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La familiaridad del hogar, o de por qué la música del supermercado de Shenmue es mi tono de móvil

Melodías que reconfortan.

tomato mart

Esta semana aterrizaba en PC y la nueva generación de consolas Shenmue I & II, el recopilatorio que recoge los dos títulos míticos de Dreamcast y los ofrece en HD a una nueva generación de jugadores. Aunque su jugabilidad pausada no será del agrado de todo el mundo, es innegable la ambición y mimo que hay puestos en estos juegos, que consiguen dotar a su entorno de personalidad y credibilidad. El mundo de Shenmue, a pesar de los años pasados desde su lanzamiento, se siente real, habitado. Los mil detalles en cada esquina nos ayudan a creernos un poco que las personas que transitan esas calles tienen sus quehaceres cotidianos: ir al trabajo, hacer la compra…

Hay una porción de ambos títulos que me acompaña en mi vida diaria:
Desde hace ya algún tiempo y para extrañeza de mis amistades, mi tono de móvil es la melodía que suena cada vez que visitamos la tienda de la franquicia Tomato Mart, el pequeño local de ultramarinos en el que Ryo Hazuki puede hacer algunas compras.
Existe una razón por la que llevo este jingle donde quiera que vaya, una razón que demuestra que Yu Suzuki logró su objetivo de insuflar de vida en el mundo de Ryo Hazuki.

En el primer juego, Ryo se mueve en un entorno familiar: Su casa, sus amigos, su barrio… Todo el mundo con el que habla le conoce de algo, y hay un fuerte sentimiento de comunidad: Es el sitio en el que Ryo se ha criado y vivido. Toda la gente nos conoce y simpatiza con nosotros, tratando de ayudarnos en la medida de sus posibilidades. Así, además de ir dialogando con vecinos, recibimos visitas, paseamos por calles que rara vez resultan peligrosas, y tenemos varios locales a los que ir y donde distraer nuestra cabeza de preocupaciones. Entre ellos, el Tomato Convenience Store (トマトマート Tomato Māto)

Allí, además de comprar refrescos, cassettes, bolsas de patatas fritas, chocolate (de la marca Shenmue, por extraño que resulte), o alguna chuchería para dar a nuestro gato adoptado, podemos participar en una rifa, en la cual, si somos afortunados, podemos conseguir figuritas, juegos para la consola que tenemos en casa, o el premio más chulo de todos: un auténtico “loro”: un reproductor de cassette de una pletina, bien grandote, como mandan los cánones de los ochenta, con el que nos ahorraremos gastar pilas con el walkman. De esta manera, hasta comprar en Yokosuka tiene sus alicientes.

Sin embargo, la secuela, Shenmue II, nos arranca de esta zona de comfort y nos suelta de lleno en medio de un entorno hostil.
Por norma general, cuando viajan fuera de su país, los confiados turistas japoneses suelen ser presa fácil de los carteristas y chorizos. Ryo no es la excepción. Nada más bajar del barco en el puerto de Hong Kong se pasea con su enorme mochila apenas sujeta al hombro, y no pasa demasiado tiempo antes de que un niño con pinta de quincallero y sus amigos, una banda de macarras de mal vivir, nos roben todo cuanto tenemos.

Pasará un tiempo hasta que podamos recuperar algunas de nuestras cosas, y, por supuesto, el dinero lo podemos dar por perdido. Así, estamos atrapados en un país extranjero, realizando trabajos y chapuzas mal pagadas para poder cubrir nuestros gastos, ante la cara dura y la indiferencia (cuando no el ceño fruncido) de todos cuantos nos rodean. Al contrario de la disfrutable e inocente experiencia del primer título, estas primeras horas con la secuela se me estaban haciendo muy cuesta arriba.
Y es ahí, jugando por primera vez al juego, habiendo hecho de la preocupación de Ryo la mía propia, perdido en innumerables callejuelas (el mapa de Shenmue II es mayor y más enrevesado que el del primer juego), que al avanzar por una calle empiezo a oir una melodía familiar. “¡No puede ser!”, pensé. Al doblar una esquina, la ví, con su letrero amarillo iluminando como un faro entre todas esas fachadas desafectuosas: ¡Una tienda Tomato!

Antes de ese día, siempre me había llamado la atención la actitud de la gente que, venida a España desde el extranjero, muestra una especial predilección por determinados hipermercados con contrapartida internacional, de igual forma que los estudiantes que, en su primer año en una capital que no conocen aún, gravitan hacia cierta cadena de supermercados con productos muy… hacendosos. Hasta que atravesé las puertas de aquel Tomato Conbini y lo entendí a la perfección. En un lugar en el que hasta el último adoquín parecía repudiarme y en una situación tan estresante, la tonadilla del establecimiento (♪ Anata no conbini, Tomato Māto ♪) me devolvió la tranquilidad de lo conocido.
Y ahí estaban: el chocolate marca Shenmue, las patatas fritas (casi me hicieron la misma ilusión que una bolsa real de magdalenas del mítico J.P.), hasta la chica que atendía la caja, Izumi, era una paisana de Ryo. Si ambos llegan a ser manchegos casi se hubiese cumplido un dicho en mi pueblo, que dice que “en todas partes hay un tomellosero”.

Este rinconcito del amigable hogar del protagonista en medio de Hong Kong me devolvió la fuerza para seguir con la búsqueda. El buen rollo de la musiquita que tan bien conocía me llenó de ánimo y energía positiva. Yu Suzuki había logrado transmitirme la sensación de angustia de estar desamparado en tierras foráneas, y con la música de una cadena ficticia de tiendas había logrado dibujarme una sonrisa en la cara en mitad de la adversidad.

Y es por eso que llevo esa melodía siempre conmigo, para que cada vez que me suene el teléfono me anime el día por malo que éste haya sido. ¡Gracias por tus ánimos y tus bolsas de patatas, Tomato Conbini!

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