ARTÍCULOS EDITORIAL

La “sportificación” de los videojuegos: jugadores avergonzados de serlo

Cuando no se juega por diversión

En el último trailer de Gran Turismo Sport presentado en el E3, alternadas con metraje del juego se sucedían una serie imágenes de señores con cara de pocos amigos, ataviados para pilotar, mientras una voz en off suelta perlitas tales como “los críticos nos llamaban corredores de salón”, o “no queremos otro juego, queremos deporte”. Esta tendencia hacia la disciplina deportiva en forma de contienda online, tan celebrada por cierto sector del público, se está empezando a convertir en la nota habitual incluso entre franquicias ya establecidas, y esto, junto con la adopción de un tono pretendidamente más “serio”, denota un problema subyacente: aún hay una gran cantidad de compañías y jugadores que siguen viendo los videojuegos como algo propio de niños, un pasatiempo del cual avergonzarse, y buscan en la “sportificación” una manera de justificarse frente a los demás.

Es por eso que huyen de la fórmula y descripción de la palabra “juego”, y tratan de redefinirlo como deporte, algo en lo que no se juega: se compite. Es más, se compite con el fín último y único de ganar. Ganar siempre. El concepto de diversión se ve sustituido por el de éxito; por lo tanto, si no ganamos, fracasamos, despojando de todo valor intrínseco a la partida o confrontación que no deriva en un resultado en el marcador a nuestor favor. Esto convierte al videojuego en algo que, lejos de hacerse por placer, se hace con el fín de obtener resultados, y la no consecución de los mismos significa que el tiempo que hemos invertido ha carecido de validez.
Esto no solo se aproxima peligrosamente al concepto de trabajo y al estrés asociado al mismo, sino que además cataloga y etiqueta nuestro tiempo libre, negando mérito alguno a las actividades que realicemos meramente por diversión, o por su valor cultural. Se nos inculca que si jugamos por el mero placer de hacerlo, perdemos el tiempo.

De una parte, el buscar una justificación en base a la productividad de nuestro tiempo de ocio me parece, de base, pueril e inmaduro: como esos niños o adolescentes que, frustrados por su falta de privilegios adultos, se empeñan en querer crecer más deprisa, obviando los beneficios intrínsecos a su tierna edad; entre otros el poder disponer de ingentes cantidades de tiempo para hacer con él lo que les dé la gana.
Convertir el juego en un trabajo u obligación (en tanto que exigimos de nuestras partidas un resultado) es una supina imbecilidad. Cuando trabajamos, lo hacemos con miras a la obtención de los medios que nos permitan al menos cubrir nuestras necesidades básicas, ya que la no satisfacción de las mismas deriva en última instancia en la muerte. No se trabaja para aparentar ser más adulto o maduro, se trabaja porque no queda otra: la no consecución de objetivos implica que no cobraremos, y por ende no nos podremos mantener.
Puesto que ganar a nuestros contendientes humanos en los videojuegos online no va a derivar en ningun modo en nuestra supervivencia o manutención (salvo que seamos jugadores profesionales, algo que, seamos realistas, está limitado a unos pocos fuera de serie, de la misma manera que jugar en primera división está limitado a deportistas de élite), pretender que la trascedencia de un videojuego derive de su capacidad de hacernos parecer “mayores como papá” es una chorrada.

De otra parte, hacer ver que jugar por diversión, sin más objetivo que el esparcimiento, para relajarse y desconectar (posiblemente de todo el estrés de nuestros trabajos), carece de valor, me ofende como jugador, ya que niega todo valor que el videojuego pueda tener como medio cultural o social.
¿Por qué? ¿porque no implica la consecución de objetivos? ¿porque no “ganamos”? Esa forma de pensar es igualmente limitante y peligrosa: Por esa misma regla de tres, otras muchas cosas que se hacen “por diversión, para relajarse y desconectar” son leer un libro, visitar un museo, ir al cine, escuchar música… Si negamos su naturaleza cultural a los videojuegos, se la estamos negando a todas las demás formas de expresión.
Hace algunos años, se lanzó por parte de organismos gubernamentales una rancia y tendenciosa campaña de animación a la lectura, en la cual se mostraban en un anuncio una serie de niños que leían para obtener ciertos conocimientos que redundaran en su beneficio frente a sus compañeros. ¿El eslogan? “Leyendo, siempre ganarás”.
Imponer la obtusa idea de que en la vida todas las cosas hay que hacerlas en pos de imponerse a los demás es, cuando menos, peligroso.

De igual forma, convertir poco a poco todos los videojuegos en una constante contienda online contra oponentes anónimos (y no un evento público y reglado en el que hay que observar una serie de normas de conducta), en lugar de la deportividad, supone inculcar valores tales como la competitividad, el odio o desprecio al contrario, la exacerbación del ego, o la obsesión con la victoria como único resultado aceptable.

Al contrario de lo que declama sacando pecho el trailer de Gran Turismo Sport, yo me siento orgulloso de haber invertido incontables horas en coleccionar coches en las anteriores entregas de su franquicia, y de haber matado las horas muertas dando vueltas con humildes y manejables utilitarios históricos por ciudades del mundo, en lugar de lanzarme de cabeza a por un incontrolable GT Car de alta competición y someter a mis reflejos al estrés mental de esquivar horquillas en Suzuka a 300 Km/h. De hecho, el caracter enciclopédico de los títulos clásicos de GT me ha hecho apasionarme por el mundo del motor y aprender mucho más del mismo que su vertiente online competitiva. Asímismo, he pasado un montón de horas subiendo de nivel a mis personajes en juegos de Final Fantasy, desbloquenado finales en Tekken Tag 2, o completando los Resident Evil una y otra vez a fín de comprar todas las armas extra.
Y en ningún momento he tenido la sensación de haber perdido el tiempo.

Decía Dani-sensei hace poco que lo sentía mucho por aquellos incapaces de convivir con su niño interior. Lo secundo, y espero que este afán por hacerse el “maduro” por parte de los desarrolladores y jugadores no acabe haciendo de nuestro hobby un eterno competir por la victoria, especialmente si el deporte, como lo defínía el inefable Paco Umbral, se convierte en “una estilización de la guerra”.

 

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