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Reivindicando Driv3r: esa oda involuntaria al caos

Furia en la carretera

Algunos juegos distan mucho de ser perfectos pero acaban calando en el corazón de los jugadores, otros son juegos buenos que por una razón u otra son vilipendiados, sin que un servidor llegue muy bien a entenderlo. Driv3r no es ni una cosa ni otra, es un juego con fallos y defectos evidentes que son difíciles de ignorar, pero tiene al menos una característica, una sola, que se convierte en su capacidad redentora, que lo convierte en todo un placer culpable y que permite mirar por encima de los bugs. Dos palabras: Modo Supervivencia.

Es cierto que el juego tenía muchísimos detalles por pulir, pero al probarlo en su momento las reviews tan negativas podrían parecer, cuando menos, exageradas. Sin embargo, el origen de esta mala prensa tiene su explicación en las malas prácticas de Atari: además de intentar negociar las notas con las revistas, la distribuidora se dedicó a borrar de sus foros cualquier comentario negativo de los usuarios. El incidente, conocido como Driv3rgate, generó un enorme malestar, y en consecuencia todo el mundo puso el juego a caer de un burro. Atari se lo buscó ella solita.

Aún así no deja de ser una lástima, porque el juego no tenía mal aspecto para la época, contaba con un excelente motor de físicas y, al contrario de lo que se dijera, este humilde redactor opina que esa falta de pulido, el hecho de que el descontrol se produzca más porque el juego no sabe muy bien cómo contenerlo que por otra razón, se convierte en uno de sus fuertes:
Tenemos una libertad total y absoluta para pasarnos las normas por el forro, y en cuestión de segundos la situación se puede desmadrar por completo de la forma más absurda e hilarante. Incluso aunque no nos lo propongamos, al puro estilo “yo no he sido”.

Al contrario que en su cohetaneo GTA Vice City, que premiaba el comportamiento anárquico por parte del jugador (obteniendo dinero a base de acuchillar viandantes, por ejemplo), en Driv3r se supone que liarla parda está mal, muy mal. Pero siempre ocurre de la forma más inesperada, y lo que es mejor, siempre apetece hacerlo. Muchas veces seremos los únicos que resultan ilesos de los desastres que provocamos. Como decía la canción de Luis Aguilé: “Había un peligro en la carretera. No me importaba, porque era yo”.

Sin embargo nada de esto es comparable al despiporre que supone el modo supervivencia, en el cual el juego coje su punto fuerte, el modelo de conducción (boton quemar rueda, acelerar, frenar, y freno de mano para giros a 90 grados, punto), se olvida de las penosas secciones a pié, de los marcadores en el mapa, de los objetivos, y lo reduce todo a una sola meta: aguantar vivo la mayor cantidad de tiempo posible frente al embate de una policía desquiciada.

Este modo ya existía en los dos anteriores Driver, siendo uno de sus puntos fuertes. Pero el nuevo modelo físico de choques y accidentes, con vehículos que no solo se abollan sino que pueden acabar desmenuzados en cientos de piezas, lo convierte en una alegoría de la destrucción que deja los Derbys de demolición a la altura de espectáculo parroquial.
​Los coches patrulla pisan el acelerador a tabla, arremeten contra nosotros a máxima velocidad, sedientos de sangre y líquido de frenos, mientras cristales, paragolpes y fragmentos de chapa saltan en todas direcciones en una dantesca carnicería automovilística impregnada de humo de neumático y gasolina.

La locura parece haber afectado tanto a policias como al resto de conductores, que a la más mínima provocación bajan de sus vehículos y, armados con pistolas, tratan de abatirnos a tiro limpio, si consiguen de milagro no ser arrollados. Coches para los cuales la gravedad no es óbice para salir disparados por los aires, expulsados hacia los cielos por la embestida pseudo-sexual de sus compañeros. Algunas veces, si varios de ellos acorralan al jugador en un callejón o un espacio reducido, acaban apilados en una suerte de ménage à trois motorizado y, tras varios empujones adelante y atrás, acaban estallando en una explosión de piezas y fuegos artificiales. Es casi Freudiano.

Miami está bien, pero sus calles son demasiado amplias y no se presta tanto al caos. Niza se convierte en un patio de recreo mucho más adecuado. Y, si se puede, se debería introducir desde el mismo principio el truco que desbloquea Estambul (en consolas. Para PC, en su defecto, descargar una partida que ya tenga esta ciudad desbloqueada). Las calles zigzagueantes de la ciudad turca, y la existencia de varias cuestas y rampas en la misma zona de partida, favorecen una coreografía aérea en la cual es complicado subsistir más de 30 segundos. Una suerte de rugby del motor. Tres o cuatro choques y se acabó.
Recomendable juntar a varios amigos y tomar nota del record en un papel, tratando de batir el tiempo del compañero. Eso sí, sin esconderse en ningún parking de accesos estrechos ni detrás de un muro como los cobardes: hay que batirse el cobre en las calles. Son ráfagas cortas de juego, pero encadenando una tras otra el tiempo se pasa sin que nos demos cuenta.

El juego tiene otras cosas que ofrecer: las cinemáticas eran estilosas y de gran calidad, las ciudades estaban muy bien recreadas, extensas y muy diferentes entre sí, y dotaban al juego de variedad. Soportaba formato panorámico 16:9, y en versión original contaba con las voces de varios famosos, (en español por contra nos encontrábamos al ínclito Tomás Rubio y su entonación involuntariamente divertida). Pero todo esto se ve empequeñecido frente a la ráfaga descontrolada de adrenalina del modo supervivencia. Incluso a pesar de que en las PS3 retrocompatibles el juego está mal emulado y la campaña no puede completarse, el modo supervivencia permanece intacto. Y la versión para PC del juego (a la cual pertenecen las capturas que acompañan a este artículo) se puede instalar en equipos modernos sin problemas, funciona sin límite de FPS, y aún cuando el control a pié en PC puede ser una pesadilla, el de conducción puede configurarse sin problemas y, empleando un mando, funciona tan bien como en consola.

Por desgracia, a raiz de las críticas, el siguiente juego de la serie, Driver Parallel Lines, intentó ser un soso émulo de GTA, abandonando la estructura por misiones consecutivas y, tristemente, descartando el modo supervivencia. Si contáis con una PS2 o una Xbox original en funciones, y encontráis este juego en el montón de segunda mano, os invito a que le deis al modo supervivencia una oportunidad: no os dejará indiferentes.

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