Street Fighter II, pizza y nostalgia

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Hace poco tuve la suerte de poder pasar un rato con algunos de los Gamuzinos, que estaban de paso por mi localidad y querían tomarse una pizza en un conocido local de aquí, llamemoslo “Il Roboante”. A pesar de lo popular del mismo, yo nunca había estado. O eso creía, porque pronto uno de mis compañeros de mesa me hizo ver que, hace mucho tiempo, “Il Roboante” era conocido como el, digamos, “Mega Pizza”. Una chispa se encendió en mi cabeza: ¡Claro que había estado allí! ¡en plena era dorada de los salones recreativos, el “Mega Pizza” era el único sitio (o al menos el primero) de mi ciudad donde se podía jugar al Street Fighter II!

El local ha cambiado muchísimo. Además del cambio de nombre estaba redecorado, muy bien iluminado, y los dueños lo habían intentado revestir de cierto halo de exclusividad (, algo con lo que no suelo comulgar muy bien), pero, muy rápidamente, en mi memoria las paredes blancas e impolutas dieron paso a aquellas de colores mucho más oscuros, dentro de las cuales, en aquel cumpleaños al que me habían invitado, la tenue y taciturna iluminación hacía destacar aún más el brillo del monitor CRT del mueble arcade, alrededor del cual nos arremolinabamos los chavales, absortos con el festín de sprites y puñetazos. Ni siquiera recuerdo haber comido pizza en ese cumpleaños.

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Para nosotros, que con suerte teníamos en casa una réplica china de la NES (si acaso), aquello era como de otro mundo. E incluso aunque no tuviesemos monedas de cinco duros que echar ranura abajo en la máquina, no nos importaba mirar por encima del hombro a quien estuviera jugando, y le jaleábamos y vitoreábamos para que se alzase con la victoria y lograse “pasarse una pantalla más”. Huelga decir que con nuestras exiguas disponibilidades económicas, ninguno teníamos manejo suficiente como para conocer las combinaciones necesarias para “hacer las magias” (lo de “ataques especiales” era un término que no manejábamos por entonces), así que era todo un acontecimiento cuando a alguien, por pura chiripa, le salía “un ayuken” (hadouken). De hacer combos ya ni hablamos.

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Aunque acabábamos resolviendo casi todas las peleas a fuerza de salto y patada, eso no le quitaba emoción a los combates. A partir de la segunda o tercera “pantalla” cualquier escenario u oponente era una novedad, y nuestra confianza a los mandos solo se resentía cuando nos topábamos con “la sombra” (esto es, enfrentarse al mismo personaje que el elegido por el jugador, al cual el juego hacía lo que hoy conocemos como un palette swap). Por alguna razón, enfrentarnos a nuestro doble era percibido como algo peligroso, pero aún así no era nada a contemplar con horror cómo al empezar un nuevo combate bajaba a nuestro alrededor una jaula metálica al estilo de la Cúpula del Trueno.
-“¡Vega, chaval! ¡Va a salir Vega!”- Gritaban los chavales alrededor del jugador. Del personaje de mallas de torero no nos llamaba la atención que fuera español, sino que saltaba como un demonio, se agarraba a las paredes, y era el único personaje armado con un arma blanca en lo que la jaula parecía confirmar que se trataba de un desequilibrado e injusto combate a muerte. Si te salía Vega, podías darte por derrotado.

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En estos extraños tiempos de hoy a nadie se le ocurriría plantar una recreativa de Tekken 7 en un restaurante de recopetín, y dudo mucho que las asociaciones de padres de hoy en día viesen con buenos ojos que sus hijos jugasen a un juego donde un judoka le puede dejar a una china (o a cualquier otro personaje, dicho sea de paso) la cara hecha un cristo, todo en el mismo local donde otras personas están degustando una pizza carbonara a dos mesas de allí.
Sin embargo, viendo la cantidad de gente que se reune en los baretos alrededor de los pseudo muebles de recreativa armados de emuladores de juegos clásicos, parece que algunos de nosotros todavía tenemos el gusanillo de “hacer magias” y “lanzar un ayuken” contra nuestra “sombra”.

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Lazaro

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