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Pyongyang Racer: el videojuego producido por Corea del Norte

No es ningún misterio que la tensión entre Corea del Norte y EEUU está disparada, con una escalada de intimidación verbal que todo el mundo reza por que no se traduzca en conflicto. Es dificil comprender la extensión de lo surrealista que es la nación más asfixiante del mundo, pero podemos hacernos una idea jugando […]

No es ningún misterio que la tensión entre Corea del Norte y EEUU está disparada, con una escalada de intimidación verbal que todo el mundo reza por que no se traduzca en conflicto. Es dificil comprender la extensión de lo surrealista que es la nación más asfixiante del mundo, pero podemos hacernos una idea jugando a Pyonyang Racer, título que cuenta con el dudoso honor de ser el único producido con el beneplácito y patrocinio de su gobierno, y que destila el mismo aroma de opresión.

Producido en 2012 para promocionar el turismo al país y publicado por Koryo Tours, el juego (, que se puede jugar a través del navegador,) nos pone a los mandos de uno de los escasos coches del país (un Hwiparam II, un sedán moderno solo en apariencia con una mecánica más propia de hace 20 años) mientras conducimos por las calles de la ciudad epónima en una línea casi recta durante demasiado tiempo con unos gráficos más propios del Driver para la primera PlayStation. Este retroceso tecnológico se hace patente en la misma realización de la página web del juego, toda una pesadillesca cápsula del tiempo con imaginería y música propagandística casposa al más puro estilo de aquellas rancias películas que se producían en España en los 60 y 70. Lo triste es que este aire no es pretendidamente retro, sino que es lo más moderno en términos de diseño que conocen sus creadores.

Al igual que el régimen que le ha dado origen, el título es terriblemente restrictivo: se te obliga a jugar en la forma en la que ELLOS quieren que lo juegues. Cada pocos segundos, aparece en pantalla una de esas agentes de tráfico en uniforme que allí colocan en las intersecciones (a fín de ahorrarse un semáforo que precisaría de fluído eléctrico), tan solo para recordarte con cara de pocos amigos que no la mires y que sigas conduciendo hacia adelante. ¡Prohibido divertirse!
También hara acto de presencia cada vez que tengamos la osadía de girar hacia una calle que se salga del circuito autorizado, queramos dar marcha atrás, o empecemos a ir más despacio de la cuenta. Por supuesto, colisionar con los escasos (e inmóviles) vehículos que pueblan el asfalto está más que penado. Tres multas y se acabó.

Esta es la menor de nuestras preocupaciones: el ineficiente y vetusto motor del sedán se traga la gasolina como una esponja seca, por lo que deberemos de conducir a través de los escasos y preciados barriles de petroleo repartidos por el recorrido si no queremos quedarnos tirados como el resto de los coches. Sin embargo, en un ejercicio de mala leche sin precedentes, algunos de los barriles han sido puestos tapando vehículos, de modo que si los recogemos estamos abocados a chocar y comernos otra bronca de la policía con mal genio mientras la horrenda música nos machaca sin piedad.
También podemos ver algunos mensajes referentes a los edificios “emblemáticos” de la ciudad, escritos en el mismo tono negacionista que todo lo que sale de ese país. Así, el Arco de Triunfo se describe como “igual que el de París, pero sin los atascos de tráfico” (¡lo mismito!), o el Hotel Ryugyong, esa mole fantasma de hormigón barato que permanece a día de hoy inacabada y sin utilizar (y que de hecho el mismo gobierno negaba que existiese, llegando a eliminarlo mediante fotomontaje de las postales de la ciudad hasta que se acabó el recubrimiento de la fachada), se nos describe como si estuviese en uso.

Dudo mucho que el primer y único juego norcoreano vaya a animar a nadie a visitar el país. De hecho, es una metáfora perfecta de Pyonyang y lo que es conducir por la misma: increiblemente restrictivo, lento, vacío, salvajemente aburrido, triste, y al menos un par de décadas atrasado tecnológicamente. Es una perfecta e irónica parodia involuntaria de sí misma.

Si aún así os quedan ganas de probar este engendro, podéis hacerlo a través de su página web: http://www.pyongyangracer.co/

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